Tiempos difíciles para la Economía.

Efectivamente, son tiempos duros, parafraseando el título de la novela de Dickens. Los hubo peores en el pasado. Y del pasado debemos aprender que la capacidad de superación del hombre no tiene límites y que debemos estar alerta. Siempre me ha parecido admonitoria la máxima “el sueño de la razón produce monstruos”, inmortalizada por Goya en inmortal cuadro. Partiendo de ella, le propondré un ejercicio de adivinación al amable lector.

En primer lugar, le pido que lea (y, si tiene a bien, relea) las siguientes frases tratando de determinar las fechas aproximadas en que fueron pronunciadas.

  1. No creo que jamás Gobierno alguno se haya hecho cargo de una herencia peor que la que nosotros tomamos (…). Las finanzas públicas completamente desequilibradas, la capacidad adquisitiva del pueblo en continuo descenso. Y por encima de todo, irguiéndose como un peligro inminente, el azote de la necesidad, el paro. A esto se añadía, como mal mayor, la falta de esperanza en un cambio de cosas. Se había perdido la confianza y la fe en un porvenir mejor. Los millones de españoles perseguidos por el infortunio económico escrutaban el gris y horroroso porvenir, sumidos en inconsolable desesperación. Y dondequiera que se mirase, la lucha de los partidos, la eterna disensión, la eterna disputa, la corrupción, el soborno, la informalidad y la indisciplina cerniéndose sobre todo.

Ya habremos pensado en algún momento determinado, más reciente o no tanto. Abusando de la paciencia del amigo lector, ahora le invito a desentrañar a quién pertenecen las líneas anteriores y las siguientes:

  1. 2.       La consideración sucesiva del mismo problema debe confirmarnos en la convicción de la prioridad del trabajo humano sobre lo que, en el transcurso del tiempo, se ha dado en llamar “capital”. En efecto, si en el ámbito de éste último concepto  entran, además de los recursos de la naturaleza puestos a disposición del hombre, también el conjunto de medios, con los cuales el hombre se apropia de ellos, transformándolos según sus necesidades (y, de este modo, en algún sentido, “humanizándolos”), entonces, se debe constatar aquí que el conjunto de los medios es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano.
  1. 3.       Toda lucha económica necesariamente se transforma en una lucha política y la socialdemocracia debe fundir siempre una y otra en una lucha única de clase del proletariado. El primer y principal objetivo de esta lucha debe ser la conquista de los derechos políticos, la conquista de la libertad política.

¿Claro? Quizás no tanto. La actualidad del primer párrafo suena más lejana en el tiempo en el segundo y en el tercero. Pero sigamos…

  1. 4.       Determinadas situaciones de grave injusticia requieren el coraje de unas reformas en profundidad y la supresión de unos privilegios injustificables. (…) La lucha contra la injusticias solamente tiene sentido si está encaminada a la instauración de un nuevo orden social y político conforme a las exigencias de la justicia. Esta debe ya  marcar las etapas de su instauración. Existe una moralidad de los medios. Estos principios deben ser especialmente aplicados en el caso extremo de acudir a la lucha armada, indicada como el último recurso para poner fin a una tiranía evidente y prolongada que atentara gravemente a los derechos fundamentales de la persona y perjudicara peligrosamente el bien común del país.

Si la paciencia del lector le ha llevado hasta aquí, recompensaremos su fidelidad reconociendo que los párrafos precedentes no corresponden al discurso de una única persona, sino de más de una; eso sí, de relevancia histórica. Un último párrafo y habremos llegado al final:

  1. 5.       Debemos, por un lado, guardarnos de la dilapidación y el despilfarro y, por el otro, esforzarnos por desarrollar la producción. En el pasado, algunas regiones pagaron caro el no haber hecho cálculos a largo plazo, el no haber prestado atención a la utilización económica de los recursos humanos y materiales, ni al desarrollo de la producción. He aquí una lección que debe llamar nuestra atención.

Y, si bien no puede negarse la coherencia lineal del discurso, tanto los autores de las palabras como el momento en que fueron dichas son muy distintos. Pero nótese sobre todo ello, la paradoja entre el discurso y el personaje; entre el mensaje que se transmite y las acciones que se realizaron; entre la invocación de los más altos valores y los restos del naufragio colectivo tras la tempestad. Desvelemos, pues, quiénes están detrás de las palabras:

  1. A. Hitler: Discurso ante dos millones de trabajadores (1933). Se ha sustituido “alemanes” por “españoles”.
  2. Juan Pablo II: Encíclica Laborem Exercens (1981)
  3. V. Lenin: Discurso “Nuestro Programa” (1899).
  4. Cardenal Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI: Congregación para la Doctrina de la Fe, Segunda Instrucción sobre la Teología de la Liberación (1986).
  5. Mao Zedong: Aprendamos a hacer el trabajo económico (1945)

Sí, nuestro discurso imaginario -por deberse no a un único autor sino a varios- nos ha llevado a recorrer el siglo XX, los principios, las ideologías, los valores y sus consecuencias.

Que nada de lo sucedido en la Historia no haya representado una lección para las siguientes generaciones.

Alfonso Garrido – Lestache es Director Recursos Humanos en Departamento Salud Manises – Generalitat Valenciana y Experto en Recursos Humanos.

(Artículo publicado además en Levante).

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